Autor: Jaime González, escribe bajo el seudónimo de Quidel Maihue
Introducción
Siempre me han fascinado los cuentos, seguramente porque nos ayudan a potenciar nuestras facultades imaginativas, tan necesarias para crear y recrear la realidad.
Además, encuentro en ellos un vínculo muy profundo con la propia experiencia existencial, la cual también se desarrolla como si fuera un cuento, sin olvidar el hecho de que, por todos los rollos adquiridos en nuestras experiencias, nos hemos ido envolviendo en las interpretaciones que hacemos de ellas, situación que provoca que cada uno se monte sus propios cuentos.
El Cuento del Cuento tiene dos características importantes, una es su valor como cuento en sí, su propia identidad, su existencia original y su propio ser. La otra es que comparte una interpretación que se corresponde con el cuento del autor. Esta interpretación no pretende añadir rigidez, acotar el cuento, ni tampoco influir en la mirada del lector; más bien, busca crear complicidad en dicha mirada a través de la revelación íntima del autor que se produce en el momento de la lectura, es una explicación, una mirada, un pensamiento, un sentimiento en el que —como autor— estoy expresando mi propio cuento del cuento.
En cualquier caso, el cuento es lo relevante, lo más importante. Pero la trascendencia está en el cuento del cuento que surgirá en ti cuando leas el cuento. Es la mirada actual del lector la que cambiará con el tiempo, porque la magia que tiene el cuento es que cuando se vuelve a leer se descubre un nuevo cuento. El cuento que resuena en nuestro interior es el que se descubre en ese momento, es decir, pertenece a ese tiempo, es lo que resuena en ese instante, cuando más se necesita.
Un cuento es un ser vivo que muta y se transforma —de la manera en que mutan los seres vivos— y al mismo tiempo es un fondo imprevisible que te espera pacientemente, para que puedas entrar en él con la misma profundidad con la que eres capaz de entrar a tu propio fondo esencial. Desconocemos pues el vasto alcance que pueden llegar a tener las imágenes que recrean en nuestra conciencia la dimensión de lo real y lo experimental.
Estimado lector, podrás reconocer el viaje que realizas a través de tus propios cuentos, y verlos reflejados en los de este libro; esa visión me despoja de mi autoría, pues ya no me pertenecen, ya no son ni míos ni tuyos. A partir de ese momento los cuentos se pertenecen a sí mismos —como seres vivos que son— y cada vez que alguien los cuente, cada vez que resuenen en alguien, se nutrirán de esa experiencia vital.
Estos cuentos son partes, miradas, observaciones y reflexiones de un cuento mayor. Ese cuento es la vida.
Enigmas del Arcano, llamadas del ser
Para el ser humano, la vida es una realidad conocida y desconocida a la vez. La parte conocida despierta en él la conciencia del yo, que le ayuda a permanecer en la vida con las facultades despiertas. Pensar, sentir, observar y experimentar diferentes sensaciones son movimientos de la conciencia que provocan un sentimiento de trascendencia, una determinada percepción de la vida y una captación parcial de la unidad.
La persona que aspira a percibir la «realidad superior», solo podrá imaginársela, soñar con ella, verla como algo divino, en tanto en cuanto se perciba a sí mismo como parte de la divinidad. Cualquier dinámica, cualquier forma de relación con el entorno, con la naturaleza y con los demás estará regida por el grado de presencia en la propia vida, por nuestra realidad interior y por la comprensión y apertura que tengamos ante esa realidad.

En la experiencia humana se está actualizando constantemente la percepción de la unidad, y en cada una de esas actualizaciones se produce una mayor apertura de la conciencia hacia el mundo interior. Realmente, eso que llamamos apertura no es otra cosa que reconocer, ver, captar, intuir y valorar la realidad esencial de la naturaleza.
No importa lo extraviado que esté el ser humano, siempre tendrá la opción, la posibilidad de iniciar el gran viaje que le lleve a desvelar el sentido esencial y más profundo de la vida. La comprensión de la esencia genera una realidad interior que se reflejará en el exterior. Ambas realidades, la interna y la externa, están relacionadas y no pueden separarse. Descubrir la vida es descubrirse a uno mismo, y ese descubrimiento implica desprenderse de todas las ilusiones y falsas percepciones sobre la realidad.
Toda tensión, alteración y crispación en el ser humano se produce porque en la mente tenemos una falsa percepción de nosotros mismos y como consecuencia, una falsa percepción de la vida. Esta falacia es real, aunque carente de contenido. Es como la mentira que es real porque existe, pero al mismo tiempo es falsa porque carece de fundamento: es como decir que el mentiroso es real, pero los contenidos de su mentira son falsos.
El ser humano vive rodeado de «realidades reales», de existencias que pueden ser verdaderas porque contienen lo substancial o falsas por carecer de contenido. El contenido de la realidad es su substancia o sostenimiento esencial. La raíz de la ignorancia está en la confusión de otorgarle substancia a una realidad irrelevante y quitarle trascendencia a la realidad substancial.

Lo dice el Bhagavad Gita cuando afirma que «La sabiduría está envuelta en la ignorancia», pero la ignorancia se asienta en la mente de quien interpreta todo con las creencias o paradigmas adquiridos. Así, la mayoría de los seres humanos se identifican con realidades carentes de contenido y de forma errónea las interpretan como realidades verdaderas.
Las personas que se enfadan con la vida están enfadadas consigo mismas; quien siente la paz de la vida es porque está conectado con su ser, que es paz. Y así ocurre con todas las cosas. Vibramos y experimentamos de acuerdo con nuestra vibración y nuestra forma de relacionarnos con el medio. Ortega y Gasset dijo «Yo soy yo y mi circunstancia». ¿Cuál es la diferencia? Ninguna, la dualidad es una ilusión. La unidad siempre está presente, lo de dentro y lo de fuera es una misma realidad que expresa contenidos similares, unos verdaderos y otros falsos. Entre los extremos existe una interminable gama de posibilidades que van desde lo absolutamente verdadero a lo radicalmente falso.
La visión que desarrolla la persona sobre su entorno se activa a partir de los niveles substanciales que se han actualizado en su interior. En este contexto cualquier llamada del espíritu es importante, le da veracidad a la realidad y se experimenta porque en la realidad existencial del yo se produce una apertura interior; la persona siente una voz que le llama, una exigencia misteriosa, porque para el yo la realidad del ser es un enigma.
Todos los seres humanos reciben «llamadas», pero esas llamadas están condicionadas por su nivel vibratorio. Está la llamada de la carne, del instinto, del deseo, de la venganza, de la ira, de la belleza, del amor… Toda motivación proviene de una llamada. Cuando las enseñanzas cristianas dicen «el que tenga oídos para oír que oiga, el que tenga ojos para ver que vea», se están refiriendo a la resonancia que provoca en la realidad interior una llamada determinada.
La llamada es un estímulo externo que se manifiesta siempre en el interior. Cuando las enseñanzas hacen referencia a los que no tienen ojos ni oídos, no están presuponiendo que esas personas carezcan de dichos sentidos; sencillamente dejan al descubierto que esas facultades están distraídas, viendo y escuchando una realidad que es la que en esos momentos resuena de manera más clara en la persona y por tanto están ignorando la llamada que podría despertarles a una conciencia superior.

La llamada del ser es la revelación por parte de la conciencia del gran enigma, ese que ha supuesto un cambio radical en la vida de todos aquellos que han sentido la llamada. Los ejemplos históricos son muchos, grandes almas que han experimentado un cambio trascendente en sus vidas y han influido en las vidas de muchos de sus seguidores.
Todo comienza con una llamada del ser, que es una toma de conciencia, un eureka, un darse cuenta de esa presencia que siempre ha estado ahí y que no se puede describir ni explicar. Es de tal dimensión que lo único que puede satisfacer la necesidad de experimentarla, es volcarse, fundirse, hacer que muera el yo para ver y sentir fuera de ese yo. Esta situación provoca la presencia plena del ser. Es la presencia total de la vida pasando por encima de las resistencias del yo, la percepción de la realidad con la ausencia del yo. Del vacío del yo surge la presencia del ser sempiterno, vivo y eterno.
Lo substancial no es explicable con palabras, los maestros de sabiduría recurren a la metáfora, el mito y la parábola para dar buena cuenta de ello. En este libro se utiliza el cuento como elemento instrumental, pues a través de él buscaremos una aproximación, una recreación imaginaria de esa realidad substancial que no se puede racionalizar, pero que se puede intuir, captar y reconocer, porque esa substancia está en ti, lector, y podrás descubrirla cuando seas más tú mismo.




